Margarita silvestre.


Un septiembre cualquiera la Margarita estalló en pétalitos blancos.

Vientos desmadrados de tanto en tanto la balanceaban; pero ella siempre hallaba en el sol, la calma.

No advertía en su dolor, que algún pétalo ya no estaba.

Bailaba la simple "shasta" de estación en estación con atolondrada armonía, evitando a la envidia y su ímpetu por deshojarla.

La lastimó el ego de inviernos callados y más pétalos, la tristeza fue secando.

Su pistilo ya no es amarillo, su fertilidad se va opacando.

Como el ave cuida sus alitas, contaba pétalos la Margarita, acurrucando la nada que de su corazón colgaba.

¿Estará asustada?: ¡demasiado viento esta temporada.!

Se inclina lenta, parece cansada.

No recuerda cuántos pétalos dañados han dicho que "mucho" lo ama.

Ha perdido la cuenta en la soledad de su hábitat.

Una abeja obrera sostiene un parchecito de miel intentando pegotear esa última lagrimita blanca:

Por si acaso sea ése, el último pétalo que él arranque y en respuesta toque: "nada".

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